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HAMAL

Historia Analítica de los Medios Argentinos y Latinoamericanos

Cátedra: Alfredo Marino

El lobo, el bosque y el hombre nuevo - Parte 1

Senel Paz

Premio Juan Rulfo 1990 
 
El Premio Internacional Juan Rulfo, para el género cuento, auspiciado por Radio Francia Internacional, el Instituto Mexicano de Cultura y la Casa de América Latina de París, y discernido por un jurado de prestigiosas figuras internacionales de las letras europeas e hispanoamericanas, recayó en 1990 en El lobo, el bosque y el hombre nuevo del cubano Senel Paz, que ofrecemos con orgullo a nuestros lectores.

Constante a todo lo largo del desarrollo de este cuento, el humor se sobrepone a cualquier posible suspicacia y atempera, incluso anula, la posible escabrosidad connatural al tema escogido y las connotaciones que se derivan del tiempo en que transcurre su anécdota, con una resultante asombrosa de irrefrenable candor.

Senel Paz, nacido en 1950, recibió el Premio David de la UNEAC por su primera colección de cuentos, El niño aquel, y el Premio de la Crítica por su novela Un rey en el jardín, reeditada en Checoslovaquia, y en España por Alfaguara. También se ha distinguido como guionista de cine. Este laureado ha sido invitado a formar parte del jurado Juan Rulfo en 1991.

 

Ismael y yo salimos del bar y nos despedimos, lo siento Daniel, pero ya son las dos, y me quedé con aquella necesidad de conversar, de no estar solo. Ya iba a meterme en el cine cuando me arrepentí, casi llegando a la taquilla, y me pareció que mejor llamaba a Vivian, pero me arrepentí, casi llegando al teléfono, y me dije: mira, David, lo mejor - mejor es que te vayas a esperar la guagua a Coppelia, la catedral del Helado. Y entonces… ah, Diego.

Así, la Catedral del Helado, le llamaba a este sitio un maricón amigo mío. Digo maricón con afecto y porque él no le gustaría que lo dijera de otra manera. Tenía su teoría. “Homosexual es cuando te gustan hasta un punto y puedes controlarte”, decía, “y también aquellos cuya posición social (quiero decir, política) los mantiene inhibidos hasta el punto de convertirlos en uvas secas.” Me parece que lo estoy oyendo, de pie en la puerta del balcón, con la taza de té en la mano. “Pero los que son como yo, que ante la simple insinuación de un falo perdemos toda compostura, mejor dicho, nos descocamos, esos somos maricones, David, ma-ri-co-nes, no hay más vuelta que darle.”

Nos conocimos precisamente aquí, en el Coppelia, un día de esos que uno no sabe si cuando termine la merienda va a perderse calle arriba o calle abajo. Vino hasta mi mesa, y murmurando “con permiso” se instaló en la silla de enfrente con sus bolsas, carteras, paraguas, rollos de papel y la copa de helado. Le eché una ojeada: no había que ser muy sagaz para ver de qué pata cojeaba; y habiendo chocolate, había pedido fresa. Estábamos en una de las áreas más céntricas de la heladería, tan cercana a su vez a la universidad, por lo que en cualquier momento podía vernos alguno de mis compañeros. Luego me preguntarían que quién era la damisela que me acompañaba en Coppelia, que por qué no la traía a la Beca y la presentaba. Por joder, sin mala intención, pero nunca me defiendo tan mal ni me pongo tan nervioso como cuando soy inocente, la broma pasaría a sospecha, y si a eso se agrega que David es un poco misterioso y David cuida mucho su lenguaje, ¿lo han oído decir alguna vez “cojones, me cago en la pinga”?, y David no tiene novia desde que Vivian lo dejó, ¿lo dejó ella?, ¿y por qué lo dejó?,cualquier cálculo razonable aconsejaba dejar el helado y salir pitando, lo mismo calle arriba que calle abajo. Pero en esa época ya yo no hacía cálculos razonables, como antes,  cuando de tantos cálculos por poco hago mierda mi vida… sentí como si una vaca me lamiera el rostro. Era la mirada libidinosa del recién llegado, lo sabía, esta gente es así, y se me trancó la boca del estómago. En los pueblos pequeños los afeminados no tienen defensa, son el hazmerreír de todos y evitan exhibirse en público; pero en La Habana, había oído decir, son otra cosa, tienen trucos. Si cuando me volviera a mirar le soltaba un sopapo que lo tirara al suelo vomitando fresa, desde allí mismo me gritaría, bien alto para que todo el mundo lo oyera: “Ay, papi, ¿por qué? Te juro que no miré a nadie, mi cielo.” Así es que, por mí, que lamiera cuanto quisiera no iba a caer en la provocación. Y cuando comprendió que la vaciladera no le daría resultados, colocó otro bulto sobre la mesa. Sonreí para mis adentros porque me di cuenta de que se trataba de una carnada, y no estaba dispuesto a morderla. Sólo miré de reojo y vi que eran libros, ediciones extranjeras, y el de arriba - arriba, por eso mismo, por ser el de arriba, quedó al alcance de mi vista: Seix Barral, Biblioteca Breve, Mario Vargas Llosa, La guerra del fin del mundo. ¡Madre mía, ese libro, nada menos! Vargas Llosa era un reaccionario, hablaba mierda de Cuba y el Socialismo donde quiera que se paraba, pero yo estaba loco por leer su última novela y mírala allí: los maricones todo lo consiguen primero. “Con tu permiso, voy a guardar”, dijo él e hizo desaparecer los libros en una bolsa de larguísimos tirantes que le colgaba del cuello. “Me cago en su madre”, pensé,”este tipo tiene más bolsas que los canguros”. “Tengo más bolsas que un canguro”, dijo él con una sonrisita. “Es un material explosivo para exhibirlo en público. Nuestros policías son cultos. Pero si te interesan, te los muestro… en otro lugar.” Me cambié el carné rojo de militante de la Unión de Jóvenes Comunistas de un bolsillo a otro: que comprendiera que mis intereses como lector no creaban ninguna intimidad entre nosotros, ¿o prefería que llamara a uno de sus cultos policías? No capto para nada el mensaje. Me miró con otra sonrisita y se dedicó a recoger con la puntita de la cuchara una puntita de helado que se llevó a la puntita de la lengua: “Exquisito, ¿verdad? Es lo único que hacen bien en este país. Ahorita los rusos se antojan de que les den la receta, y habrá que dárselas.” ¿Por qué tiene uno que aguantarle eso a un maricón? Me llené la boca de helado y empecé a masticarlo. Dejó pasar unos segundos. “Yo a ti te conozco. Te he visto muchísimas veces paseando por ahí, con un periodiquito bajo el brazo. Chico, como te gusta Galiano.” Silencio de mi parte. “Un amigo mío al que no se le nota nada y que también te conoce, te vio en un encuentro provincial de no me acuerdo qué y me dijo que eras de Las Villas, como Carlos Lobería.” Pegó un gritico: había descubierto una fresa casi intacta en el helado. “Hoy es mi día de suerte, me encuentro maravillas.” Silencio de mi parte. “Se habla de los orientales y los habaneros, pero a ustedes, los de Las Villas, les encanta ser de Las Villas. Qué bobería.” Se esforzaba por montar la fresa en la cuchara, pero la fresa no se quería montar. Ya había terminado el helado y ahora no sabía cómo irme, porque ese esotro de mis problemas: no sé iniciar ni terminar una conversación, oigo todo lo que me quieran decir aunque me importe un pito. “¿Te interesó Vargas Llosa compañero militante de la Juventud?”, dijo empujando la fresa con el dedo. “¿Lo leerías? Jamás van a publicar obras suyas aquí. Esa que viste, su última novela, me la acaba de enviar Goytisolo de España.” Y se quedó mirándome. Empecé a contar. Cuando llegara a cincuenta me ponía de pie y me iba pa'l carajo. Me dejó llegar a treinta y nueve. Se llevó la cucharita a la boca y, saboreando más la frase que la fresa, dijo: “Yo, si vas conmigo a casa y me dejas abrirte la portañuela botón por botón, te lo presto,    T o r v a l d o.”

De haber sabido el efecto que me iban a producir sus palabras, Diego hubiera evitado aquel lance. Tocó la tecla que no se me podía tocar. La sangre me subió a la cabeza, las venas del cuello se me hincharon, sentí mareos y la vista se me nubló. Cuatro años atrás, a mi profesora de literatura en el preuniversitario, que no sólo era una profesora de literatura frustrada sino también una directora de teatro frustrada, le llegó la oportunidad de su vida cuando la escuela no alcanzó el primer lugar en la emulación Inter. - Becas por falta de trabajo cultural. Fue a ver al director y lo convenció, primero, de que a Rita y a mí nos sobraba talento histriónico, y después, de que ella podría guiarnos con mano segura en Casa de muñecas, una obra que, si bien extranjera, pero ya lo dijo Martí, compañero director, insértese el mundo en nuestra República, estaba libre de ponzoñas ideológicas y figuraba en el programa de estudios revisado por el Ministerio el verano pasado. El director aceptó encantado (era la oportunidad de su vida), y Rita ni se niega: su miedo escénico le impedía responder al pase de lista en clase, pero estaba secreta y perdidamente enamorada de mí. Yo, en cambio, di un no rotundo. Tenía un concepto demasiado alto de hombría como para meterme a actor, y no tanto yo como mis compañeros. Para convencerme, el director tomó el camino más corto: me planteó el asunto como tarea, una tarea, Álvarez David, que le sitúa la Revolución, gracias a la cual usted, hijo de campesinos paupérrimos, ha podido estudiar; el escenario principal de la lucha contra el imperialismo no está en estos momentos en una obra de teatro, déjeme decirle; está en esos países de América Latina donde los jóvenes de su edad enfrentan a diario la represión, mientras que a usted lo que le estamos pidiendo es algo tan sencillo como interpretar un personaje de Ibsen. Acepté. Y no porque me quedara más remedio. Me convenció. Tenía razón. En una semana me aprendí mi papel y también el de Rita, pues ella tomaba tan a pecho su amor secreto por mí que se quedaba en blanco cada vez que me le acercaba. Era una de esas muchachas pálidas, feas y por lo general huérfanas que con tanta frecuencia se enamoran de mí y de las que yo, por pena y porque no me gusta que nadie se traumatice, acabo por hacerme novio. La noche de la presentación única, la misma en que Diego me descubrió y fichó para toda la vida, a su miedo escénico se sumó el nerviosismo por el público, el nerviosismo por el jurado y el nerviosismo mayor y definitivo por ser aquella última ocasión en que estaría en mis brazos, o más bien en los de aquel tipo del siglo XIX que yo representaba en el traje concebido por la profesora de literatura. Y ya cerca del final no pudo más y se quedó muda en medio del escenario, mirándome con ojos de carnero degollado. A la profesora comenzó a faltarle el aire, al director se le partió un diente y el público cerro los ojos. Fui yo, el actor por encargo, quien no perdió la ecuanimidad en aquel momento difícil de la Patria y el teatro. “Estás preocupada y guardas silencio, Nora”, le dije acercándome con la esperanza de darle el pie o propinarle una patada en la espinilla. “Ya sé: tenemos que hablar. ¿Me siento? Seguro que va a ser largo.” Pero nada, lo de Rita iba en serio y la obra tuvo que continuar convertida en un monólogo autocrítico de Torvaldo hasta que la profesora de literatura reaccionó, hizo bajar dos pantallas y al compás de El lago de los cisnes, la única música disponible en la cabina, comenzó a proyectar diapositivas de trabajadoras y milicianas, citas del Primer Congreso de Educación y Cultura y poemas de Juana de Ibarbourou, Mirta Aguirre y suyos propios, con todo lo cual, opinó después, la pieza adquirió un alcance y actualidad que el texto de Ibsen, en sí, no tenía. “Es la vergüenza más grande que he pasado en mi vida”, me confesaba Diego después. “No hallaba cómo esconderme en la butaca, la mitad del público rezaba por ti y alguien habló de provocar un cortocircuito. Además, con aquella chaqueta roja de cuadros verdes y los bombachos negros parecías disfrazado de bandera africana. Nos conmovió tu sangre fría, la inocencia con que hacías el ridículo. Por eso fuimos tan pródigos en los aplausos.” Y eso fue peor, la lástima con que me aplaudieron. Mientras los escuchaba, iluminado por los reflectores, rogaba con toda el alma que se produjera un efecto de amnesia total sobre todos y cada uno de los presentes y que nunca, jamás, never, ¿me oyes, Dios?, me encontrara con uno de ellos, alguien que me pudiera identificar. A cambio, me comprometí a pensarlo dos veces cuando volvieran a asignarme una tarea, a no masturbarme, y a estudiar una carrera científico - técnica, que eran las que necesitaba el país entonces. Y cumplí, excepto en lo de la carrera científico - técnica, porque en lo de la masturbación Dios tuvo que comprender que se debió al desespero y la inexperiencia; pero Él, por su parte, me fallaba: olvidaba su palabra y me ponía delante, en el Coppelia y un día en que ni siquiera estaba lúcido, a un Fulano que por haberme visto en aquel trance creía poder chantajearme.

“No, no; es broma”, se asustó Diego al verme al borde de la apoplejía. “Disculpa, fue jugando, naturalmente, para entrar en confianza. Toma, bebe un poco de agua. ¿Quieres ir al Cuerpo de Guardia del Calixto?” “¡No!”, dije poniéndome de pie y tomando una decisión tajante. “Vamos a tu casa, vemos los libros, conversamos lo que haya que conversar y no pasa nada.” Los nervios me dieron por eso. Me miró boquiabierto. “¡Recoge!” Pero una cosa era descargar sus bultos y otra recogerlos, así que mientras lo hizo tuvo tiempo para reponerse. “Antes voy a precisarte algunas cuestiones porque no quiero que luego vayas a decir que no fui claro. Eres de esas personas cuya ingenuidad resulta peligrosa. Yo, uno: soy maricón. Dos: soy religioso. Tres: he tenido problemas con el sistema; ellos piensan que no hay lugar para mí en este país, pero nada de eso, nada, yo nací aquí; soy, antes que todo, patriota y lezamiano, y de aquí no me voy ni aunque me peguen candela por el culo. Cuatro: estuve preso cuando lo de la UMAP. Y cinco: los vecinos me vigilan, se fijan en todo el que me visita. ¿Insistes en ir?” “Sí”, dijo el hijo de los campesinos paupérrimos con una voz ronca que yo apenas conocí.

El apartamento, que en lo sucesivo llamaré la guarida, pues no escapaba de esa costumbre que tienen los habaneros de bautizar sus viviendas cuando son minúsculas y viven solos (ya conocería La Gaveta, El Closet, El Asteroides, La Alternativa, Donde - se - da y no - se - pide), consistía en una habitación con baño, parte del cual se había transformado en cocina. El techo, a un kilómetro del suelo, se adornaba en las esquinas y el centro con unas plastas de vaca que en La Habana llaman plafones, y al igual que las paredes y los muebles estaba pintado de blanco, mientras que los detalles de decoración y carpintería, los útiles de cocina, la ropa de cama y demás eran rojos. O blanco, o rojo, excepto Diego, que se vestía con tonos que iban del negro a los grises más claros, con medias blancas y gafas y pañuelo rosados. Aquel día casi todo el espacio lo ocupaban santos de madera, todos con unas caras que deprimían a cualquiera. “Estas tallas son una maravilla”, aclaró en cuanto entramos, para dejar claro que se trataba de arte y no de religión. “Germán, el autor, es un genio. Va a armar un revuelo en nuestras artes plásticas que no quieras ver. Ya se interesó el agregado cultural de una embajada y ayer nos llamaron de la corresponsalía de EFE.” Yo conocía poco de arte, pero tiempo después, cuando el funcionario de Cultura opinó que no, que no transmitían ningún mensaje alentador, me pareció que no le faltaba razón, y se lo dije a Diego. “¡Qué transmita Radio Reloj!”, chilló. “Esto es arte. Y no es por mí, David, compréndelo. Es por Germán. En cuanto la noticia llegue a Santiago de cuba se arma el titingó. Puede que hasta lo boten del trabajo.”

Pero eso fue después, los problemas con la exposición de Germán. Ahora estoy en el centro de la guarida, rodeado de santos con dolor de estómago y convencido de haberme equivocado de lugar. En cuanto pudiera tumbarle el libro me iba echando. “Siéntese”, invito él, “voy a preparar un té para disminuir la tensión.” Fue a cerrar la puerta. “¡No!”, lo atajé. “Como quieras, así le facilitamos la labor a los vecinos. Siéntate en esa butaca. Es especial, no se la ofrezco a todo el mundo.” Pasó al baño, y por encima del chorro de orine, oí su voz: “La uso exclusivamente para leer a John Donne y a Kavafis, aunque Kavafis es una haraganería mía. Se le debe leer en silla vienesa o a horcajadas sobre un muro sin repellar.” Reapareció, aclarando que John Donne era poeta inglés totalmente desconocido entre nosotros, y que él, el único que poseía una traducción de su obra, no se cansaba de circularla entre la juventud. “Llegará el momento en que se hable de él en el bar Los Dos Hermanos, te lo aseguro. Pero, siéntate, chico.” La butaca de John Donne se hundió hasta dejarme el culo más bajo que los pies, pero con un simple movimiento hallé la comodidad perfecta. “¿Pongo música? Tengo de todo. Originales de María Melibrán, Teresa Stratas, Renata Tebaldi y la Callas, por supuesto. Son mis preferidas. Ellas, y Celina González. ¿Cuál prefieres?”. “Celina González no sé quién es”, dije con toda sinceridad y Diego se dobló de la risa. La gente de La Habana cree que porque uno es del interior se pasa la vida en guateques campesinos. “Muy bien, muy bien. Te has ganado el honor de ser el primero en escuchar un disco de la Callas que acabo de recibir de Florencia, con su interpretación de La Trabiata, de 1955, en la Scala de Milán. Florencia de Italia, se entiende.” Puso el disco y pasó a la cocina. “¿Cuál es tu gracia? Yo me llamo Diego. Siempre me hacen el chiste de Digo Diego. Es como Antón, que le hacen el de Antón Pirulero. ¿Tú cómo te llamas?” “Juan Carlos Rondón, para servirte.” Asomó la cabeza. “Qué mentiroso, Villarejo al fin. Te llamas David. Yo lo sé todo de todo el mundo. Bueno, de la gente interesante. Tú, escribes.” Cuando vino con el servicio de té tropezó y me derramó encima un poco de leche. No se tranquilizó hasta que accedí a quitarme la camisa. La lavó en un dos por tres y la tendió en el balcón junto a un montón de Manila que también llevó del baño. Se sentó frente a mí, y colocó sobre mis piernas un cartucho de chocolatines. “Por fin podemos conversar en paz. Propón tú el tema, no quiero imponerte nada.” En lugar de responder, bajé la cabeza y clavé la vista en una loseta. “¿No se te ocurre nada? Bueno, ya sé, te contaré como me hice maricón.”

Le ocurrió cuando tenía doce años y estudiaba en un colegio de curas como interno una tarde, no recordaba por qué razón, necesitó encender una vela, y como no encontraba fósforos pasó al dormitorio de los alumnos del último nivel, entrando, sin darse cuenta, por la parte de los baños. Allí, bajo la ducha, desnudo, estaba uno de los basquetbolistas de la escuela, todo enjabonado y cantando: “Nosotros, que nos queremos tanto, ¿debemos separarnos?, no me preguntes más…”, precisó con suspiro, “con esa edad que no son los catorce ni los quince. Un chorro de luz que entraba de lo alto, más digno de los rosetones de Notre Dame que de la claraboya de nuestro convento de los Hermanos Maristas, lo iluminaba por la espalda, sacando tornasoles de su cuerpo salpicado de espuma.” El muchacho estaba excitado, añadió, tenía agarrada la verga y era a ella a quien le cantaba, y Diego quedó fascinado, sin poder apartar la vista del otro, que lo miraba y se dejaba mirar. No hubo palabras: el semidiós lo tomó del brazo, lo volteó contra la pared y lo poseyó. “Regresé al dormitorio con la vela apagada”, dijo, “por iluminado por dentro, y con el pálpito de haber comprendido el mundo de sopetón.” El destino, sin embargo, le reservaba una amarga sorpresa. Dos días después, al ir a prender otra vela, se enteró de que su violador había muerto de una patada en la cabeza, tratando de recuperar una pelota, se había metido entre las patas del mula que acarreaba el carbón para la escuela, y este, insensible a sus encantos, le propinó una coz fulminante. “Desde entonces”, concluyó Diego mirándome, “mi vida ha consistido en eso, en la búsqueda del ideal del basquetbolista. Tú te le das un aire.”

Era obvio que conocía a la perfección la técnica de despertar el interés de reclutas y estudiantes, y también la de relajar a los tensos, como aclararía después. Consistía esta última en hacernos oír o ver lo que no queríamos oír ni ver, y daba excelentes resultados con los comunistas, diría. Sin embargo, no avanzaba conmigo. Yo había llegado, como los otros, me había sentado en la butaca especial, como ellos, pero, como ninguno, había clavado la vista en la loseta y de allí no lograba despegármela. Se había sentido tentado a mostrarme la revista porno que guardaba para los más difíciles, o a brindarme de la botella de Chivas Regal en la que siempre quedaban cuatro dedos de cualquier ron, pero se contuvo, porque no era eso lo que esperaba de mí; al final de la tarde, cuando comenzó a sentir hambre, comprendió que no estaba dispuesto a compartir conmigo sus reservas, y que no se le ocurría cómo dar por terminada la visita. Se quedó callado, pensativo. Había deseado mucho este encuentro, confesaría luego, desde que me vio por primera vez en el teatro interpretando a Torvaldo. Incluso lo había soñado y varias veces estuvo a punto de abordarme en la calle Galiano, porque desde el principio tuvo la intuición de nuestra amistad. Pero ahora yo, tieso y mudo en el centro de la guarida, le resultaba tan soso que empezó a creer que, como en tantas otras ocasiones, había sido víctima de un espejismo, de su propensión a adjudicarle sensibilidad y talento a los que teníamos carita de yo - no - fui. Realmente le sorprendía y le dolía equivocarse conmigo. Yo era su última carta, el último que le quedaba por probar antes de decidir que todo era una mierda y que Dios se había equivocado y Carlos Marx mucho más, que eso del hombre nuevo, en quién él depositaba tantas esperanzas, no era más que poesía, una burla, propaganda socialista, porque si había algún hombre nuevo en La habana no podía ser uno de esos forzudos y bellísimos de los comandos especiales, sino alguien como yo, capaz de hacer el ridículo, y él se lo tenía que topar un día y llevarlo a la guarida, brindarle té y conversar; carajo, conversar, no estaba siempre pensando en lo mismo, como me explicaría en otra de sus peroratas. “Me voy”, dije yo por fin, poniéndose de pie, y lo miré, nos miramos. Me habló sin incorporarse de la silla. “David, vuelve. Creo que hoy no me he sabido explicar. Quizás te he parecido superfluo. Como todo el que habla mucho, hablo boberías. Es porque soy nervioso, pero me he sentido distinto conversando contigo. Conversar es importante, dialogar mucho más. No tengas miedo de volver, por favor. Sé respetar y medirme como cualquier persona y puedo ayudarte muchísimo, preste libros, conseguirte entradas para ballet, soy amiguísimo de Alicia Alonso y me gustaría presentarte un día en casa de la Loynaz, a las cinco de la tarde, un privilegio que sólo yo  puedo proporcionarte. Y quisiera obsequiarte con un almuerzo lezamiano, algo que no ofrezco a todo el mundo. Sé que la bondad de los maricones es de doble filo, como apunta el propio Lezama en alguna parte de su obra, pero no en este caso. ¿Quieres saber por qué me gusta hablar contigo? Corazonadas. Creo que nos vamos a entender, aunque seamos diferentes. Yo sé que la Revolución tiene cosas buenas, pero a mí me han pasado otras muy malas, y además, sobre algunas tengo ideas propias. Quizás esté equivocado, fíjate. Me gustaría discutirlo, que me oyeran, que me explicaran. Estoy dispuesto a razonar, a cambiar de opinión. Pero nunca he podido conversar con un revolucionario. Ustedes sólo hablan con ustedes. Les importa bien poco lo que los demás pensemos. Vuelve. Dejaré a un lado el tema de la mariconería, te lo juro. Toma, llévate La guerra del fin del mundo, y mira, también Tres tristes tigres, eso tampoco vas a conseguirlo en la calle.”¡No!”, dije con una energía que lo asustó. “¿Por qué, David, qué importancia tiene?”. “¡No!”, y salí con un portazo.

Eso estuvo bien, me dije en la calle, aún con el portazo en los oídos: ni quitarle los libros ni aceptarlos como regalo. Y mi Espíritu, que dentro de mí había estado todo el tiempo preocupado, se relajó y comenzó a experimentar cierto orgullo por su muchacho, que al final - final no fallaba. Era lo que esperaba de mí, su joven comunista que en las reuniones terminaba por pedir la palabra y, aunque no se expresara bien, decía lo que pensaba y ya Bruno lo había requerido dos veces. Eso, con mi Espíritu, porque con mi Conciencia la cosa no es tan fácil, y antes de llegar a la esquina pedía que le explicara, pero despacio y bien, David Álvarez, por qué, si era hombre, había ido a casa de un homosexual; si era revolucionario, había ido a casa de un contrarrevolucionario; y si era ateo, había ido a casa de un creyente. Todo esto mientras yo avanzaba, subía al ómnibus y asimilaba empujones. ¿Por qué delante de mí se podía ironizar con la Revolución (tu Revolución, David), y ensalzar el morbo y la podredumbre sin que yo saliera al paso? ¿No sentí el carné en el bolsillo, o es que solamente lo llevaba en el bolsillo? ¿Quién eres realmente tú, muchachito? ¿Ya se te va olvidar que no eres más que un guajirito de mierda que la Revolución sacó del fango y trajo a estudiar a La Habana? Pero si una cosa he aprendido en la vida es a no responderle a mi Conciencia en situaciones de crisis. En cambio, la sorprendí al bajarme en la universidad, subir la escalinata a toda prisa, buscar a Bruno, llevarlo a un rincón y preguntarle qué se hace, a quién se le informa cuando uno conoce a alguien que recibe libros del extranjero, habla mal de la Revolución y es religioso. ¿Qué tal ahora, Conciencia? A Bruno le pareció tan importante el caso que se quitó los espejuelos y me llevó a ver a otro compañero,  y en cuanto vi al otro compañero tuve la certeza de que iba a meter la pata otra vez. Tenía, como Diego, la mirada clara y penetrante, como si ese día los de miradas claras y penetrantes se hubieran puesto de acuerdo para joderme. Me pasó a un despacho, me indicó una silla que no era vienesa ni un carajo y me dijo que cantara. Le dije que nosotros los revolucionarios siempre teníamos que estar alertas, con la guardia en alto; y que por eso, por estar alerta y con la guardia en alto, había conocido a Diego, lo había acompañado a su casa y sabía de él lo que ahora sabía. Enseguida me resultaron sospechosos sus libros extranjeros y sus pullitas. ¿Comprendía? O no comprendía o el cuento no lo impactaba. Bostezó una vez y hasta hojeó unos papeles mientras simulaba escucharme. Y ese es otro de mis problemas: me pongo mal cuado alguien se aburre con lo que cuento y entonces empiezo a manotear y agrego cualquier cantidad de detalles. “El tipo es contrarrevolucionario”, enfaticé. ”Tiene contacto con el agregado cultural de una embajada y le interesa influir a los jóvenes.” “Es decir”, esperaba que dijera el compañero, “que fuiste a casa del maricón contrarrevolucionario y religioso porque siempre hay que estar alertas, ¿no es así?” “Claro.” Pero no dijo eso. Me miró con su mirada clara y penetrante y un escalofrío me recorrió el espinazo porque me pareció adivinar lo que iba a decir: “Qué miserable y come mierda eres, chiquito, qué tronco de oportunista engorda en ti.” Pero no, tampoco dijo eso. Sonrió, y me habló en un tono condescendiente, irónico o afectuoso, a mi elección: “Sí, siempre hay que estar alertas. ¿David te llamas, no? El enemigo actúa donde menos uno se lo imagina, David. Averigua con qué embajada tiene contactos, anota lo que pregunte sobre movimientos militares y ubicación de dirigentes, y nos volveremos a ver. Ahora tienes esa tarea, ahora eres un agente. ¿Okey?” Este es Ismael. Llegamos a ser amigos, a querernos como hermanos, y un día le ofreceré un almuerzo lezamiano porque también en su vida hubo una profesora de literatura.

Bajé la escalinata de la universidad cinematográficamente: una marcha militar de fondo y yo descendiendo a toda prisa, y en lo alto, la bandera de la estrella solitaria, ondeando. Cuando llegué a la Beca me di un baño de agua caliente y abundante, mucha agua caliente y abundante cayéndome en la cocorotina, hasta que sentí que la última angustia del día se iba por el tragante, y podría dormir. Pero para cerrar el día en alto, decidí estudiar un poco y me tiré en la cama. Ese fue mi error. Desde mi cama se ve el mar, que estaba hermoso y tranquilo, de un azul intenso, y el mar me hace un efecto terrible. Dentro de mí, además de la Conciencia y el Espíritu, vive la Contraconciencia,  que es más hija de puta todavía y empezó a moverse y a querer despertar y hacer sus preguntas, y con mi Contraconciencia sí que no puedo. Una sola de sus preguntas me puede llevar hasta el piso veinticuatro y tirarme de cabeza al vacío. Dejé el libro y ante el espejo del baño me dije: “Cojones, me cago en la pinga.” Y le prometí a aquel que me miraba que lo iba a ayudar, que bajo ninguna circunstancia volvería a casa de este, ni de ningún otro Diego, por mamá.